Insomnio
Debo decir que aunque el gato gordo ha ganado mi confianza, un halo de incomodidad e incertidumbre sofoca mis noches. Desde el día en que mi peludo compañero me llevó a conocer el túnel, por el que emprenderemos nuestro viaje para cruzar el desierto hacia el bosque, no he podido dormir un solo instante. Me acechan todo tipo de miedos, pero sobre todo me aterra la posibilidad de saber que podemos enfrentarnos cara a cara con los devoradores de arena en su propio territorio.
La primera noche de regreso en la cueva, el gato dispuso un tablón lleno de comida, a manera de una gala por haber sellado nuestro compromiso como socios de expedición, Él parecía feliz de saberse tan cerca de poder por fin realizar su proyecto por el que había trabajo durante tanto tiempo, pero sobre todo de saber que no tendría que hacerlo solo. Así que esa noche aventó la casa por la ventana, o quizá deba decir cueva. Claro que lo que para él era todo un festín, no eran más que vasijas agrietadas y copas mal talladas de piedra caliza, que se desmoronaban con cada golpe en la mesa. De esto consistía el menú:
Como entrada una sopa de cien pies acompañada de una ensalada a base de hongos, musgo y rebanadas de cactus sin espinas, bañadas en un aderezo hecho de miel, viscocidad de oruga y güisapoles. Como plato principal, acerco un platón de lo que parecía ser su comida predilecta; murciélago asado, escarabajo frito y brochetas de babosas. La bebida consistió en una emulsión de hierbas y té de eucalipto. Para finalizar, a manera de postre, acercó un par de galletas de excremento de cuervo, que debo añadir me sorprendieron por su sabor dulce, ya que a decir de mi anfitrión, la dulzura provenía de las bayas que estas aves comen en el bosque y que además le daba un tono marrón que a simple vista parecían deliciosas.
Esa noche, después de la cena, quise que el gato me diera todos los pormenores del viaje, los planes, las herramientas que necesitaríamos, las provisiones , todo; pero él, una vez que dió el último bocado, se relamió los bigotes, se sacudió las migajas del pelaje de su barriga, se levantó y sin mirarme dijo:
-Descansa, todavía hay tiempo. La luna llena será en dos días así que nos queda mañana para prepararnos para el viaje.
Fue en vano mi intento por detenerlo, se interno en la oscuridad del rincón, subió a su viejo sillón y tras dar tres vueltas sobre este como buscando el lugar y momento adecuado, dejo caer su completa inmensidad sobre este y de inmediato empezó a roncar.
Suspire tras no haber tenido éxito. Tras unos minutos miré a mí alrededor buscando un sitio donde pasar la noche. Sin embargo, un malestar interno, que me costaba entender si era producto del exótico festín o debido a las enormes ansias y nervios que me ocasionaba el pensar en el futuro próximo, lo impedían. Cerré los ojos intentando siquiera descansar, y repentinamente vino a mí una visión despierto:
Era yo, acostado en un cómodo colchón, rodeado de muñecos de peluche. Limpio y cuidadosamente arropado. En el aire se escuchaba una tenue melodía y las estrellas se asomaban en mi ventana. Estaba de nuevo en casa, era noche. De pronto un viento helado me heló los huesos y abrí los ojos. Seguía en la cueva, inmerso en mi nueva realidad.
Continuará...
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