Son las 18:30. Llego a casa y como siempre tras escuchar el sonido del motor, está mi hijo parado bajo el marco de la puerta de casa, sujetado fuertemente a los barrotes del cancel, con una sonrisa que me derrite… me desarma. Grita “¡iaaaa mamá… papáaaa!”. Llego hasta él y dejo mi mochila a un lado para extenderle mis brazos, y veo como corre a mi encuentro irradiando una luz que me llena de alegría y una paz difícilmente descriptible. Somos parte de una misma carne, corre en nuestras venas la misma sangre. No hay secretos. Siento su confianza cuando a unos pasos de llegar a mí, se lanza sabiendo que yo estaré ahí para él, al cuidado, para atraparlo al vuelo y tirarnos al suelo en una lucha de besos y carcajadas.
Ésta es para mí, la esencia de la confianza, la cual al paso de los años se va perdiendo, al igual que se pierde la capacidad de asombro, el amor incondicional, la inocencia, al niño que alguna vez fuimos.
Estoy convencido que la situación que vivimos en el país de pérdida de valores, de violencia, de falta de unidad, está fundamentado principalmente en la falta de capacidad o capacidad perdida de confiar en los demás. Hoy día nos cuesta caminar sin tener que regresar la mirada tras el hombro. A diario escuchamos frases como “Todos son sospechosos, hasta que se demuestre lo contrario”; “Nadie hace nada bueno por el simple hecho de hacerlo”; “Es pobre, seguramente es maleante”; “Yo no lo saludo, ni lo conozco”. Y así un sin fin de muestras de desconfianza que nos alejan como individuos, creando una aura de mala vibra en la sociedad.
Habrá quien piense que desconfiar es necesario, que sólo un tonto confiaría a ciegas de alguien que no conoce o incluso con antecedentes de haber hecho algo malo. Pero déjenme decirles que si es así, prefiero ser tonto.
Soy un tonto que saluda a los albañiles en la construcción frente a mi casa, para que cada que llego de trabajar, los vea barrer mi banqueta y decirme “Patrón, aquí le cuidamos su casa”.
Soy un tonto que le hace plática y escucha a la señora de al lado en el transporte urbano, para que al levantarme me diga “Oiga joven, se le cayó esté billete de cien”.
Soy un tonto que cuando un cliente me dice “Te puedo pagar mañana”, al otro día llega, paga y me lleva más trabajo y nuevos clientes.
Un tonto que sin dudarlo, me olvidaría un poco de mí mismo para hacer algo por mi prójimo, extraño o no, amigo o no.
No se confundan. Confiar no significa no preveer. Siempre debemos hacer y actuar en función de nuestras precauciones previas. Esto es más que inevitable, necesario, pero nunca debemos anteponer la desconfianza por un mal juicio.
Recuperemos el valor de la confianza. Volvamos a dar y recibir amor sin condición como cuando niños. Las autoridades podrán hacer bien o mal su trabajo en la lucha contra el crimen organizado, pero sólo la sociedad tiene la solución para detonar el gran cambio que tanto nos hace falta y que hemos perdido. Ama, cree, sueña, lucha pero sobre todo… confía.
Rodrigo Méndez (@RodMndz)
Me hiciste llorar, es verdad que siempre que vemos un niño pensamos..." que envidia sin preocupaciones" "sin estres que le apura" la verdad es que hay niño que si se preocupan y estresan y todo por nuestra culpa (adultos) dejamos de ser niños y muchas veces queremso que los niños tambien dejen de serlo coartandoles su libertad de expresarse o de investigar somos sus guias y debemos poner limites no barreras y asi podemo usar nuestra imaginación y recuperar eso que perdimos la confianza la sorpresa el amor incondicional
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