El sol tiene un brillo especial esta mañana, y tengo que mantener los ojos casi cerrados, como rendija de alcantarilla, al salir de la cueva del gato debido a lo radiante de los rayos del astro rey.
Voy siguiendo a esa gran masa peluda mientras caminamos y descendemos unas pilas de roca suelta muy afilada en el borde del risco rumbo a un claro de arena, en donde según mi acompañante y guía, me contará la estrategia que ha planificado toda la noche para atravesar el desierto a salvo de los devoradores de arena y seguir nuestro camino hacia el denso bosque que bordea las dunas.
Una ves dejado atrás el risco, siento un gran agrado al poder pisar de nuevo un suelo firme libre de rocas, bordes y grietas. Las plantas de mis pies están cubiertas de ampollas y mis tobillos hinchados. Sin embargo, de inmediato mi alegría se ve mermada al sentir el calor que parecía derretir las suelas de mis zapatos.
El calor emana del suelo y puedo ver como mi visión del gato se deforma al cruzar la ola de calor que nos envuelve. Caminando pasa a mi lado mientras seco el sudor de mi frente, y sin detenerse, el gato me da una palmada en mi hombro para indicarme que todavía falta camino por recorrer , lo cual parece cruel en estas condiciones, pero por otro lado resulta irónicamente favorable, ya que era imposible mantenerse quieto en ese suelo tan caliente y caminar era la única forma de despegar un poco los pies de la arena.
Nuestra caminata nos conduce hacia el lado sur del risco, precisamente hacia el lado contrario del que debería ser nuestro destino al norte, en donde se encuentra el denso y sombreado bosque. Cuando estaba a punto de dirigir algunas palabras para hacerle dicha observación al gato, se voltea y me dice:
-Ven, deprisa. Los devoradores suelen alimentarse a estas horas del día y deben encontrarse ahora arenas adentro. Con suerte podremos bajar sin toparnos con ninguno de ellos-. Repuso mientras retiraba un montón de rocas colocadas intencionalmente para cubrir un agujero de no más de medio metro de diámetro en la base de una pared de piedra caliza que se desmoronaba con cada golpe del viento.
-¿Bajar?- Dije extrañado.-¿Insinuas que iremos bajo las arenas del desierto? -¡Debes estar loco! -.
El gato ignoró mis aseveraciones y siguió retirando las rocas una a una mientras me cruzo de brazos esperando una respuesta. La cual obtengo enseguida.
-La mejor manera de defenderse del enemigo es tenerlo lo más cerca posible. Durante todo este tiempo he estudiado el comportamiento de esos repugnantes gusanos y sé más de ellos de lo que te imaginas-. Dijo el gato mientras se sacudía el polvo del pelaje y echaba un vistazo en el agujero agachado, apoyado en una rodilla.
Los estudios del guía en verdad estaban debidamente respaldados. Desde que los devoradores habían terminado con su manada y familia, el gato se había propuesto salir a salvo de ese lugar, negándose a morir y a dar por perdido el linaje de su raza, así que sus estudios eran además de variados, muy precisos. Había comprobado que los devoradores carecían de vista y oído. Su movilidad está gobernada por sensores corporales estratégicamente distribuidos en su cuerpo cilíndrico para detectar las más mínimas vibraciones que se producen en la tierra. También descubrió su miedo al agua, ya que al mojarse, les provoca un ablandamiento en su ríspida piel, que les ocasiona heridas e incluso desgarramientos al deslizarse y atravesar las capas del subsuelo. Otro muy útil descubrimiento del felino es el concerniente a su ataque, ya que aunque sus estudios no confirman al cien por ciento su teoría, sus numerosas observaciones de ataques coinciden en que todos fueron realizados de manera vertical, es decir, que los devoradores necesitan el impulso de abajo hacia arriba para dar el golpe a la presa y después devorarlo, tal y como lo hacen los tiburones blancos en el mar abierto, lo cual nos daría una ventaja al encontrarnos a su mismo nivel bajo la tierra. (continuará)
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